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Jorn Utzon-Can Lis

Hay decisiones que se sustentan en la confianza. Situaciones en las que asumimos riesgos con la esperanza depositada en que se cumplan unos objetivos marcados previamente. No se considera una locura jugarse una cena esperando que Fernando Torres marque más de seis goles esta temporada porque tenemos la certidumbre que lo conseguirá. Podemos decir para apoyarnos que nos basamos en sus números y estadísticas, en el crédito que concede echar la vista atrás para afianzar nuestra postura, pero al final se trata de una cuestión de fe.

Las experiencias pasadas nos ayudan a tratar de vislumbrar lo que puede ocurrir, cada nueva acción que emprendemos, cada proyecto, es un salto al vacío, pero no es un viaje a ciegas pues siempre llevamos en nuestras maletas los conocimientos aprendidos como certeza intuitiva.

En 1972 cuando contaba con 54 años y con cientos de obras por el mundo, Jorn Utzon decide establecerse en Mallorca para lo que realiza un proyecto íntimo y delicado, ligado con la tradición y el lugar, Can Lis, su casa propia donde vuelca todo eso que ha aprendido.

Para él la serenidad y la arquitectura ligada a la tierra, a la construcción y a la verdad es lo importante en este proyecto, tal y como debería ser para todos nosotros como ya indicamos en anteriores entradas.

La casa está situada al borde de un abrupto acantilado en la costa este de Mallorca. La componen cinco partes independientes que están encadenadas de forma libre y rítmica, y que siguen el ondulante borde del acantilado. Desde el camino que atraviesa un pequeño pinar, la casa ofrece a la vista un muro casi completamente cerrado. No resulta un muro inaccesible, que rechace a los visitantes, se cierra claramente protegiendo la vida privada de sus habitantes, pero al mismo tiempo invita a los visitantes a pasar hacia un cortavientos cubierto a la entrada de la puerta, donde se sitúa un banco fijo de piedra revestido de cerámica esmaltada.

Los materiales, elemento imprescindible en la arquitectura, son propios del terreno donde se construye, usándolos como ligazón con la tierra y la tradición tal y como otros grandes maestros han hecho. Los muros están construidos a base de grandes bloques rectangulares de arenisca local, en los dormitorios y en la sala de estar principal hay ventanas de la altura de una persona que abren la casa hacia una impresionante vista: cielo y mar. Las ventanas son a su modo nichos, una especie de aspillera que permite el suave paso de la luz y suaviza el contraste entre la oscuridad interior de la casa y la fuerte luz mediterránea.

La experiencia y la sensibilidad con la tradición son una apuesta segura a la hora de realizar cualquier proyecto, una de esas decisiones de fe que distinguen la Arquitectura con mayúscula.


Héroes anónimos

Dimitris PikionisLas casualidades son parte fundamental en los grandes logros. Tengo un amigo que yendo en bici a última hora de la tarde paró junto a un muro y vio que las traviesas que le hacían de sustento empezaban a arder.  Gracias a su hallazgo casual evitó un incendio y este hecho le convirtió en un héroe anónimo.

Nuestra arquitectura está llena de esos héroes anónimos, arquitectos que guiados por su experiencia y formación han sido capaces de conformar sin estridencias unas ciudades dóciles y serenas que nos invitan a vivir.

Si no estáis ligados al mundo de la arquitectura los nombres de estos profesionales os resultarán desconocidos, ya hablé de alguno de ellos en algún post anterior, su manera de ver y entender la sociedad y sus necesidades nos han mostrado el camino a los arquitectos actuales y nos dan una lección diaria de hacia dónde dirigirnos.

Tuve un profesor en la Escuela que nos pedí a referencias cultas para nuestros proyectos, de forma jocosa indicaba que una referencia, para ser culta debe estar validada por el paso del tiempo. El arquitecto debía estar muerto, pero bien muerto, no eran de buen gusto los proyectos de revista que llaman nuestra atención con colores y montajes que pueden ser fuegos de artificio.

De esa manera, casi por casualidad conocí a Dimitris Pikionis, el arquitecto griego encargado de reordenar y reconstruir los accesos de la Acrópolis de Atenas con un trabajo casi de cirujano.

Para enfrentarse a un proyecto en el que la Historia es pieza fundamental, Pikionis se basó en la idea del movimiento continuo formalizado mediante dos caminos uno más directo que guía al visitante hasta las puertas de la acrópolis y otro que lleva de manera más tangencial y que se recrea en el paisaje y en las formas contenidas en él, mediante unos pavimentos que son parte central del proyecto y que son “un collage de pasado y presente, un diálogo abierto con los monumentos, el paisaje y el tiempo”.

Para ellos utilizó material procedente de derribos de edificios de Atenas, poniendo al mismo nivel restos históricos con elementos cerámicos sin ninguna relevancia, un pavimento que a veces se eleva para convertirse en un muro  y otras veces se desvanece dejando ver la tierra borrado de esa manera cualquier distinción entre horizontal y vertical.

Todos los elementos se disponen minuciosamente para conducir al espectador al conjunto arquitectónico. La vegetación juega igualmente un papel importante, mediante masas que equilibran cuidadosamente lo construido.

De esta forma, y casi por casualidad, puedes llegar a la Acrópolis caminando sobre la Historia gracias a  uno de estos héroes anónimos.